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24/Julio/2011 - Opinión Estepona

Desde mi abadía: por Juan Abad

Viva la Virgen del Carmen


De nuevo, cumpliendo mi cita y peregrinación anual, me veo en tierras cervantinas y quevedianas por espacio de una semana. Este tiempo me sabe a poco, por lo mucho que me agrada el ajetreo de ir de pueblo en pueblo y de lugar en lugar, viendo y buscando lo que estaba allí desde hace muchísimo tiempo.
Mi compromiso es con la Virgen del Carmen, y ustedes hoy me han de perdonar, como otras tantas veces, al mezclar asuntos personales con opiniones también poco objetivas, pero, si me lo permiten, se lo explico.
A tres leguas escasas del paso de Despeñaperros, por mor de un capricho del más insigne marino que nuestra patria ha dado, me refiero al triunfador de Lepanto y otras legendarias gestas de esa talla, don Álvaro de Bazán, se alza majestuoso su Palacio renacentista e italianizado, único en España y Monumento Nacional desde hace decenios, en la localidad del Viso del Marqués. Justo a su lado se erige la Iglesia, mezcolanza del románico tardío y del gótico naciente donde, entre otras peculiaridades, reposó el cadáver de Isabel la Católica en su camino hacía su última morada y aún se muestra, agarrado en su pared elevada, un réptil disecado de notables dimensiones que un bajá sarraceno regaló a don Álvaro como prueba de sumisión y respeto, no pudiendo ser otro el especímen que un cocodrilo del Nilo a tenor de su porte y dimensiones. Junto a este elemento profano y curioso, y entre otras tallas de belleza artística y espiritual notorias, se encuentra,  la Virgen del Carmen, mi Virgen del Carmen, y digo mía por ser el mayor varón descendiente de mi abuela, quien adquirió la talla con muchísimo sacrificio y de manera de promesa solemne para que su hijo, mi padre, regresara indemne de la segunda guerra en la que se empeñó en acudir y dejar en ella su juventud, sus amigos y compañeros, así como parte de sus ideales.
Mi padre regresó  casi entero, pero con heridas y traumas en el cuerpo  y en el alma que no superó hasta su definitivo fallecimiento con pocos más de cincuenta años y la Virgen quedó para siempre en la iglesia del Viso hasta que, por esas casualidades de la vida propiciadas por la curiosidad e internet, vi como, en plena Mancha, a quinientos kilómetros del puerto de mar más cercano, en su efemérides, con un solemnidad digna de reportaje televisivo, se celebra una misa en la que, como en nuestra iglesia, no cabe ni un alma más y, tras ella, una procesión por medio pueblo y, finalizada ésta, una recepción oficial en el Palacio del primer Marqués de la Santa Cruz presidida por mi amigo, don Gonzalo, Almirante locuaz, educado y creyente donde los haya, con un nutrido séquito de marinos, militares de otras armas, autoridades e invitados quienes, tras cantar la Salve y escuchar los discursos y vítores de rigor, somos obsequiados con caldos y viandas de toda especie y condición hasta que el cuerpo aguanta. Dos días dedico a estos  menesteres en las fechas naturales de su celebración y, tras ellas , sigo descubriendo esa España profunda y misteriosa que Cervantes y Quevedo nos han legado, no solo a nosotros, sino a sus millones de lectores, y este año he podido hacerlo en recorridos por Santa Cruz de Mudela, Almagro, Villanueva de los Infantes, la Torre, mi Torre, la de Juan Abad y Ruidera. Las rutas cervantinas tienen un encanto especial, al evocar al viajero lector pasajes que aún permanecen frescos en su memoria o en su imaginación  y les garantizo que yo no he sentido sensación alguna análoga con otros viajes gastronómicos y culturales, será por deformación de mi gula insaciable e irrefrenable ante las suculencias manchegas y, como no, por la exposición narrativa de Cervantes en las venturas y aventuras de su inmortal don Quijote.
Llegando a Ruidera, uno se queda perplejo ante la visión de unas cascadas, unos verdores y unas fragancias propias de otras latitudes ajenas a la Mancha seca y árida que, en este caso, nos muestra escalonadas quince lagunas vivas y rebosantes de vida, frescor y agua que solo en este Parque Natural he disfrutado últimamente.
Tras las visitas de rigor, me encaminé a ver y sentir en primera persona el magnetismo de la Cueva de Montesinos, ésa que don Miguel de Cervantes debió de conocer también personalmente, pues sólo así se concibe la narración de sendas aventuras quijotescas en los capítulos veintidós al veinticuatro con esa profusión de detalles y de las alucinaciones que don Quijote sufrió, seguramente al golpearse la cabeza en su interior, ante la ausencia de luz natural y lo resbaladizo de su húmedo suelo y lo impresionante de sus rocas y formas que, con muy poca imaginación, evocan figuras y tallas que erizan el pelo, si recuerdas al mago Merlín y sus poderes, y más, si despiertas a alguno de los murciélagos que allí habitan y salen en desbandada si les importunas. Aún apurando mis últimas horas por estos parajes, pese a todo, estoy ansioso por regresar a Estepona, a mi Abadía, a mi rutina, a escudriñar los hechos y hazañas de nuestros políticos nuevos y antiguos que nos rigen y sorprenden.


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