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30/Mayo/2012 - Opinión

A vuelapluma: por José Ignacio Crespo

Nadie sabe nada


Uno no sabe bien si quedarse en lo local o abordar la actualidad en clave nacional, porque vamos anotando una identidad de catástrofes que principian a cobrar aspecto de insolubles, particularmente cuando escuchamos a quienes pretenden socorrernos. Rajoy tiene una empanada, no precisamente gallega, que le lleva a pasar del tancredismo más absoluto a una forzada y vana rueda de prensa cuando la tristemente famosa prima de riesgo se dispara por encima de los quinientos puntos, que ya son puntos.

Negó el temido rescate financiero, no aclaró absolutamente nada sobre Bankia, ni siquiera el montante del agujero que estos banqueros montaraces nos han dejado a repartir entre los sufridos contribuyentes, rechazó cualquier comisión de investigación al respecto, descartó la comparecencia de los responsables del enésimo fiasco bancario y pretendió lanzar la pelota al tejado de nuestros socios europeos, demandando una más contundente defensa del euro, que es tanto como decir una más contundente defensa de los que estamos en el pelotón de los torpes. Total, que no sabemos nada más que no sabemos nada.

El presidente Rajoy, ya lo venimos apuntando aquí, anda a golpe de bandazos, alumbrando en los consejos de ministros de los viernes nuevos capítulos de una mala novela por entregas, plagada de ocurrencias e improvisaciones que está dando al traste con su imagen de hombre previsible, que él mismo se encargó de fomentar cuando ocupaba los bancos de la oposición por desmarcarse de las continuas repentizaciones de Zapatero. Nos decía que tenía una hoja de ruta, que tenía un plan, y ya vamos descubriendo que se trataba de un plan para llegar a la Moncloa consistente, precisamente, en convencernos de que tenía un plan.

Estepona también anda confundida entre privatizaciones, despidos, planes de ajuste, recortes, paro, miseria y decepción. El alcalde, García Urbano, no acaba de deshojar la margarita del expediente de regulación de empleo (estúpido eufemismo para no decir despidos impunes y masivos), lo cual quiere decir que no acaba de decidirse por dónde cortar, qué títeres descabezar y cuáles no. Mientras tanto, los sindicatos anuncian movilizaciones, pero los sindicatos han perdido gran parte de su fuerza intimidatoria porque han mantenido largo tiempo el silencio de los corderos, y no impresionan a un regidor al que le salen los votos por las orejas.

Los sindicatos de clase, que es tanto como decir los sindicatos del funcionariado, se lavan las manos como Pilatos, en un gesto insolidario y egoísta, además de miope y cortoplacista: ignoran que una injusticia hecha a uno solo es una amenaza hecha a todos, como se encargó de revelarnos Montesquieu. Cómo habrá visto la cosa el presidente local del partido en el gobierno, Ignacio Mena, para abandonar su ensimismamiento y, adoptando forma mortal, descender entre los hombres para decirles a los trabajadores que den gracias por todo este tiempo que estuvieron chupando del bote sin acreditar mérito alguno, y que los despidos impunes y masivos son necesarios porque sino vienen Rajoy y todos los de su partido- los mismos que estuvieron dando mítines en campaña y explicando que no venían a Estepona para echar a nadie- y nos intervienen el Ayuntamiento, que según él sería mucho peor.

La otra noche sentí la desaparición de la parrilla televisiva del programa de Buenafuente porque me hacía pasar buenos momentos con sus monólogos y su humor a ratos inteligente. Parece que esta opinión no era compartida por mucha gente porque las audiencias, al parecer, han sido un desastre. En fin, me entristeció su último programa, que era el programa de la derrota, y me dejó pensando su frase final, cumbre, clímax, su frase de despedida y cierre: "Nadie sabe nada".

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